domingo, 19 de marzo de 2017

Dimensión sensitiva de la persona y (un poco de) Neurociencias

Dimensión sensitiva de la persona y (un poco de) Neurociencias


             Tomando prestado un término de otro contexto, esta dimensión es la primera que se advierte desde los primeros momentos de la vida de un niño, como se aprecia en las ecografías que las mujeres se practican: mientras que las características físicas se encuentran a flor de piel, la inteligencia del infante parece estar en un estado como de somnolencia. Con el despertar de la razón en torno a los 6 y 7 años, muchos admiten de forma inexcusable la aparición de la inteligencia humana. Sin embargo, un análisis más fino de este asunto revela que la sensibilidad –en ninguna etapa de la vida– tiene lugar sin conexión con el intelecto. Al contrario: ella está como transfigurada por la inteligencia, de forma tal que con el paso del tiempo el espíritu puede participar e influir de manera cada vez mayor en las potencias inferiores. Educar es, precisamente, fomentar, acompañar y propiciar una mayor presencia del alma en lo sensible, bañándolo con su luz.
             La persona humana debe su dimensión sensitiva al cuerpo. Un cuerpo que está unido a su alma de manera substancial: no tiene lugar una yuxtaposición, como si se tratase de sustancias individuales distintas, sino única substancia. Si profundizamos este análisis, descubrimos dos co-principios en el hombre, esto es, en nosotros mismos: la materia prima y la forma sustancial. Ambos –MP y FS– no son “cosas” sino realidades que hacen posibles las cosas[1]. La materia prima como potencia, la forma sustancial como acto.
El carácter “potencial” de la materia se verifica, por ejemplo, en el conocimiento que las personas tenemos del mundo. En efecto, en virtud de los cinco sentidos externos, el ser humano se pone en contacto con la realidad. Entre ellos, siguiendo el aserto de Aristóteles, destacamos el oído: “El logos entra por el oído”. De hecho, el primer órgano que el niño desarrolla –ya desde el seno materno– es precisamente el oído: los latidos del corazón y el fluir de la sangre de la propia madre son como los acordes de esa primera “composición musical” que perciben los infantes. Hay estudios científicos que revelan cómo toda música placentera para los padres estimula a su vez el cerebro del bebé, facilitándole adquirir el lenguaje más adelante[2]. Esto explica que la sordera, cuando tiene lugar en edades muy tempranas, constituya un serio obstáculo para desarrollar el habla. Las cosas reales nos “determinan”, nos hacen pasar de la potencia al acto por medio de esa suerte de ventanas que son los sentidos externos.
             Sin embargo, en este primer nivel de captación, aún estamos “lejos” de un conocimiento universal, válido y posible de aplicar a muchas objetos. De ahí la mediación de otros sentidos, los sentidos internos. Gracias a ellos, lo recibido –en ese primer contacto con la realidad– comienza a “perder” las condiciones particulares e individuantes, impedimento para revelar su universalidad. Hay, es verdad, una real mediación de la sensibilidad y de las potencias humanas; hay un “camino”, un “recorrido” entre las primeras percepciones sensibles, particulares, y la “expresión” del verbo o concepto mental, cuya validez es universal.
Ahora bien, esta progresiva ‘desmaterialización’ de las primeras e iniciales percepciones no ocurre por la sola virtud de las mismas. Lo sensible –por sí mismo– no tiene la capacidad de llegar a lo espiritual (al igual que la pluma no puede, por sí sola y sin estar sujeta por una mano, escribir una canción o una poesía). Se arriba a lo espiritual en virtud del entendimiento humano: lo sensible –bajo la luz del llamado intelecto agente– es abstraído y despojado finalmente de sus condiciones materiales individuantes. Luego, el intelecto ‘paciente’ será “fecundado” por este fruto y, así, estará en condiciones de formular el concepto, que es como “el hijo” o “vástago” de la inteligencia. Concepto por el cual –y no “en el cual”– el hombre conoce la realidad.
             La mediación entre las percepciones sensibles y el concepto podría llevarnos a pensar en una suerte de hiato. Se podría objetar que, si se dan escalonadamente estos pasos, el hombre entonces no conoce la verdad sino únicamente un pensamiento generado por él mismo. Mons. Derisi –desde las páginas de su Doctrina de la inteligencia: de Aristóteles a Santo Tomás– sale al paso de esta objeción. En efecto, Derisi reconoce una mediación psicológica: hay un tránsito entre la materialidad y el concepto. Sin embargo, distingue entre lo gnoseológicamente inmediato (salvando la veracidad de nuestros conceptos) y el carácter indirecto del conocimiento humano (en tanto extrae de los sentidos la verdad de las cosas). De esta manera, nada impide que nuestro conocimiento sea inmediato y, a la vez, indirecto. Es justamente en este cosmos semántico que no sólo es legítimo sino necesario incorporar todos los descubrimientos de la Neurociencia: la luz que esplende de estos principios aristotélico–tomistas hace posible que cada uno de estos avances científicos ocupe sobriamente su lugar, iluminando así una faceta más de ese misterio al que llamamos hombre, nosotros mismos.

Juan Carlos Monedero (h)





[1] Es evidente que los principios de las cosas no pueden, a su vez, ser cosas. De lo contrario, nuestra explicación quedaría viciada en su raíz, pretendiendo explicar una cosa por ella misma.
[2] http://www.lanacion.com.ar/671610-escuchar-musica-ayuda-a-que-los-bebes-aprendan-mejor-a-hablar

domingo, 5 de marzo de 2017

EL PARO DOCENTE, BARADEL Y EL GOBIERNO - Colaboración de Sebastián Miranda

EL PARO DOCENTE, BARADEL Y EL GOBIERNO

Por Sebastián Miranda


Hace 23 años que soy docente, estoy fuera de casa 11 horas diarias para poder vivir dignamente, me pagué mis estudios terciarios y universitarios con mi trabajo, nunca hice un paro y Baradel no me representa.
No me representa el privar a los chicos de un día de escuela, que es un derecho, no me representa el docente que considera a su actividad un simple trabajo y no una vocación, no me representan los programas sin valores, teñidos del más recalcitrante izquierdismo y de la más manifiesta inmoralidad contrarias al orden natural y a nuestras tradiciones.
No me representa el docente que falta continuamente a clase aprovechándose de un estatuto que da lugar a cualquier cosa, no me representa el docente que no quiera capacitarse, el que abusa de las licencias, el que no exige a sus alumnos, el que no los respeta. No me representan los que permitieron el ingreso de La Cámpora a las escuelas.
Pero tampoco me representa un gobierno que exige cada vez más a los docentes, que quiere profesionales como en Finlandia pero pagándoles sueldos como si fueran mano de obra barata, que habla del trabajo en negro pero que no elimina un sinfín de sumas no remunerativas que son un robo.
No me representan los que no pagan las innumerables horas extras que dedicamos a la planificación, elaboración de guías y correcciones. No me representan los que no dan importancia a este tiempo que sacamos a nuestras familias y esparcimiento.
No me representan quienes exigen al docente que sea autoridad, psicólogo, asistente social y que cumpla las funciones que la sociedad, las familias y el Estado abandonaron.
No me representa un gobierno que aumenta los impuestos un 40% (ABL, patentes), que aumenta los servicios un 200%, la nafta (aunque la empresa sea estatal) continuamente, que pide solidaridad cuando nos recarga impositivamente con cargas altísimas, que a una familia de clase media le exige bienes personales, impuesto a las ganancias, que cada vez que hay que comprar algo quita para el Estado el fruto de nuestro trabajo mientras no recarga de impuestos a la timba financiera y a las mineras, pero quiere que el aumento a los docentes sea de un 18% en 4 cuotas.
No me representa el gobierno que abrió un "voluntariado" para quienes quieran dar clase, despreciando el profesionalismo y la capacitación de muchos docentes. No me representan quienes no se dan cuenta que en los países avanzados, de los que tanto hablan, los docentes son seleccionados de entre los mejores promedios y cobran sueldos que les permiten vivir con dignidad.
Me representará el gobierno y los docentes que: entiendan que la escuela es cantera de formación en contenidos, métodos de estudio, amor a Dios, a la Patria y a la Familia. Me representará el gobierno que incentive la vocación docente, que pague sueldos dignos, que pelee con los sindicatos corruptos para eliminar del estatuto todo lo que facilita que docentes que parasitan el sistema se aprovechen de él para cobrar sin trabajar. El gobierno que incentive a los que abrazan la docencia como vocación y acción de servicio pero que a la vez les permita vivir con dignidad.
Mañana (aunque empezamos a concurrir al colegio el 3 de febrero, no tenemos "3 meses de vacaciones"), como hace 23 años, nuevamente cargado de esperanzas, de sueños, de un amor desbordante por la vocación que Dios quiso que tuviera, pero también con la clara conciencia de que hay mucho por hacer desde arriba y desde abajo...

domingo, 12 de febrero de 2017

Un digno contrincante - Colaboración de Lucas Bilyk

UN DIGNO CONTRINCANTE
  
“El tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente”
Encíclica Fides et Ratio, San Juan Pablo II.

Colaboración de Lucas Bilyk

Se despertó mucho antes de lo esperado. La tierra de Ruthedain todavía esperaba en solemne vigilia la llegada del alba.
Jertag se desperezó y fue a prepararse el desayuno –café y tostadas, desde luego–, mientras meditaba los acontecimientos de la noche anterior.
 El encono de la discusión acaecida dificultaba cualquier posibilidad de recuperar a sus viejas amistades. Lo habían acorralado, pero él devolvió las estocadas con suma habilidad y una retórica impecable. Como de costumbre, estaba en absoluta desventaja numérica. Cualquier observador de la situación podría haber imaginado que había un león batiéndose con una manada de hienas y que cada vez que aquél daba un zarpazo feroz, recibía a cambio una cantidad de pequeñas mordidas, que al cabo terminarían por ser mortales. Pero una vez más, sobrevivió.
Se sentía completamente solo. Y ciertamente lo estaba.
Ruthedain, su tierra y hogar, atravesaba una coyuntura bastante singular: el gobierno, ya cansado de los dogmas y principios milenarios, proclamó al relativismo como religión oficial. La población estaba de acuerdo: hacía un par de décadas que venían reclamando la abolición de las certezas. Todos los habitantes, sin excepción, consideraban que era hora de despojarse de las ajadas vestiduras metafísicas y emprender un viaje hacia un nuevo destino existencial. La duda, con las fauces abiertas, aguardaba con ansias la llegada de tan audaces seres a sus laberínticos dominios.
Naturalmente, los ciudadanos de Ruthedain tenían sus razones para aventurarse en el cambio paradigmático.
Alegaban, por ejemplo, que la humanidad elaboró tantos remedios universales como religiones existen, y que los mismos no habían hecho más que acelerar el estado ruinoso en que se encontraba el hombre. Por este motivo, derribaron la totalidad de los templos de Ruthedain y, además, construyeron copiosos monumentos a la memoria de Protágoras y algunos pocos a la de Descartes.
Asimismo, por análogas consideraciones, la enseñanza adquirió un cariz por demás particular: la afirmación fue concebida como el recurso propio del intelecto débil; por lo tanto, todas las clases y debates académicos debían finalizar con una interrogación; y, en el supuesto de que se quisiera replicar, tenía que hacerse de manera interrogativa, o, en el peor de los casos, a través de una expresión condicional. A raíz de ello, las discusiones eran siempre circulares y, por ende, infinitas.
Insistían hasta el hartazgo en que la afirmación era un cáncer social que debía ser extirpado de inmediato, ¿o acaso –argumentaban– la proclamación de verdades absolutas, que señalaban un camino seguro hacia la felicidad y la sabiduría, facilitaron al hombre su conquista?
No. Para ellos sucedía más bien lo contrario: las supuestas claves para la felicidad, las verdades, proliferaban por doquier, pero, paradojalmente, el ser humano nunca fue tan desgraciado.
Era menester, entonces, demoler todos los sistemas de ideas vigentes y volver a empezar.
Jertag era el último ejemplar vivo de una especie extinta. Si bien no profesaba ningún credo –ya nadie profesaba alguno que no fuera el relativismo– y poseía infinitas dudas, entendía que existían ciertas verdades inobjetables, contra las que no cabía interrogación alguna. Por ejemplo, solía argumentar que el sol, sea donde sea que se lo observe, siempre sale por el este y se pone por el oeste. A esto le respondían que, debido a la inclinación del eje de rotación de la Tierra y al movimiento de traslación de esta alrededor del Sol, eso sólo ocurriría dos días al año. Claro que, posteriormente a este razonamiento, le preguntaban qué entendía por “tierra” y qué entendía por “sol”.
Asimismo, cuando Jertag afirmaba que el hombre es mortal, le respondían que, si el hombre poseía un alma espiritual, no se podía aseverar que al morir el cuerpo muera también el alma. Por el contrario, si él afirmaba que el alma es inmortal, le decían que de ninguna manera se podría verificar eso, a lo que sucedía la obligatoria pregunta de qué era el alma. Lógicamente, esto lo exasperaba y rezaba a las divinidades para que no lo abandonaran en semejante cruzada.



Recordaba vagamente que hacía mucho existieron obras que le hubiesen servido para combatir la irrefrenable multiplicación de objeciones, dudas y discusiones estériles. Pero, como era de esperarse, los pensamientos de aquellos ignotos personajes se perdieron para siempre en los agujeros negros de la historia, gracias a la inmensa labor del gobierno actual. La Policía del Pensamiento operaba con una efectividad arrolladora.
Un día, mientras llegaba a su casa, se cruzó a su vecina y la saludó. Ella, con impostada cortesía, le devolvió el saludo:
– Adiós, Harclin.
– Me llamo Jertag. ¡Hace 15 años que me conoce y es la primera vez que se confunde mi nombre!
– ¿Y quién me asegura que ese es tu nombre? Por otra parte, ¿qué es un nombre? Quizás algo mutable. Probablemente todo lo sea.
Jertag decidió no discutir; ya estaba cansado de hacerlo.
Abrió la puerta de su casa y se dirigió sin escalas a su habitación. Se sentó en su cama y exhaló al cielo la súplica acostumbrada: “Por favor, si realmente existe alguien o algo que escuche mis oraciones, necesito ayuda. No puedo continuar luchando solo”.
Su depresión llegó a su cénit al darse cuenta de que era muy improbable que existiera un contemporáneo con la erudición necesaria para presentar batalla contra la sofística imperante; habría que resucitar un personaje de alguna época remota, lo que era claramente imposible. Sus pensamientos divagaron por civilizaciones antiquísimas, y el sopor lo fue embargando de a poco...
Se durmió con lágrimas en los ojos.
Después de un sueño intranquilo, se levantó bruscamente: alguien golpeaba con insistencia a la puerta de entrada.
Dio unos pasos rápidos y se apostó silenciosamente en el umbral, a la espera de obtener algún indicio del visitante inesperado.
Nada.
Decidió abrir.
Un rostro de edad indescifrable, aunque visiblemente avanzada, se asomó. Una larga barba de tonos blancos y plateados llamó la atención de Jertag; idénticas tonalidades se vislumbraban en su escaso pelo, que apenas llegaba a recubrir los costados de la cabeza. Sólo estaba vestido con una túnica blanca raída y extremadamente sucia. Tenía el aspecto desaliñado propio del peregrino. Cualquiera podría haber jurado que se trataba de alguien que venía de un lugar que no sobrevivió a los embates del tiempo.
Para su asombro, el extraño habló en su lengua.
 Empezó a murmurar para sí oraciones inconexas, entre las que figuraba la anécdota de un juicio y de una injusta condena a muerte por corromper a la juventud, que Jertag no llegó a comprender del todo. Finalmente, el viejo forastero alzó la vista y le dirigió la palabra.  
―Una pregunta, joven. ¿Me podría indicar dónde queda el Ágora?
Jertag, adivinando la identidad del legendario personaje, lo invitó a pasar la noche en su casa.
A la noche volverían sus escépticos amigos y de seguro lo acorralarían de nuevo como hienas a un león.
Pero acorralar a ese anciano sería tan fácil como al mismísimo viento.



viernes, 10 de febrero de 2017

¿Somos libres ante los medios? - Colaboración de Adolfo Aybar

¿SoMOS LIBRES ANTE LOS Medios?
Análisis antropológico frente al consumo
de los medios de comunicación

                                                          Colaboración de Adolfo Aybar 

      Meditemos hoy acerca de los medios de comunicación. En esta oportunidad, haremos referencia tanto a la utilización de diversos instrumentos de comunicación (televisión, computadora, internet) como al trato con distintos programas periodísticos. Es la intención de este artículo analizar de manera simple y sencilla en qué medida estas herramientas nos perjudican cuando no cumplen su finalidad de mostrarnos la realidad que nos circunda de manera honesta y transparente.
En general, los mencionados instrumentos y su uso no nos son indiferentes a la hora de ejercer nuestra libertad con plenitud, al momento de formarnos y forjar nuestra personalidad.
En primer lugar, los medios nos roban tiempo valiosísimo que podríamos invertir en nuestro crecimiento y formación personal a través de la muy preciada lectura o la meditación profunda que nos lleva al recogimiento y conocimiento de nosotros mismos. Los medios extravían nuestra interioridad, quitándonos –o al menos disminuyendo– aquella cualidad tan apreciada por el hombre contemporáneo, y que, por otro lado, este mismo hombre comprende erróneamente: la libertad. Porque lo cierto es que sólo podremos actuar libremente si nos conocemos a nosotros mismos.
Además, los medios nos masifican. Creemos que al adquirir algún bien publicitado en una propaganda somos libres, por ejemplo, si lo elegimos y lo compramos, y más aún si podemos obtener lo que “todos” también consiguen. En realidad, esto es falso, y constituye un signo de cierta esclavitud característica de nuestra época. Hemos sido esclavizados por la moda. El hombre libre elije de acuerdo a sus intereses, gustos, motivaciones, aún cuando esto signifique ir contracorriente. Actitud ésta que no implica necesariamente la rebelión contra “lo que todos hacen” y por ningún motivo: en efecto, el rebelde porque-sí tampoco es auténticamente libre. La libertad implica una decisión y una elección provenientes de la interioridad del ser humano. El hombre libre puede elegir algo diferente que las masas porque lo que elige lo plenifica, porque lo que elige es en sí mismo bueno, porque lo elige por sí mismo y no para ir en contra de alguien.
Aclaremos brevemente qué es la libertad. Para ello tomemos el concepto del Dr. Emilio Komar, quien lo toma del pensamiento clásico. Existen tres grados de libertad. El primero, consiste en la independencia externa. Un ejemplo de ésta podría ser cuando un joven le pide la llave a su padre para poder regresar a su casa en el horario que éste quiera. El segundo grado implica la autodeterminación, por ejemplo, la elección de una profesión. El último grado de la libertad consiste en la libertad interior, en la que realizamos las elecciones más profundas de la vida, por medio de las cuales nos identificamos más perfectamente a nosotros mismos. Por esta libertad nos realizamos y desarrollamos plenamente nuestra naturaleza.
Tercero. Al tratar con los medios, es evidente que nosotros –como espectadores– estamos ante una selección o recorte de la totalidad de lo que pasa. Por eso, en ocasiones, lo que los medios nos presentan pasa por “la totalidad” de la realidad o por lo menos lo más importante de ella. La familiaridad con estos medios nos hacen pensar sola o principalmente en lo que nos muestran; el efecto –previsto y, quizás, buscado– es que no veamos otra cosa fuera de lo que ellos muestran. Más allá de sus intenciones, ciertamente lo que nos “muestran” se implanta en nosotros con gran fuerza: casi como si fuera la única opción a tener en cuenta de la realidad. Hablando con propiedad, estamos ante un reduccionismo mediático donde –en muchas oportunidades– todo queda restringido a intereses económicos. Es decir, “se muestra” porque “vende”, pero de ninguna manera porque responda a ninguno de los principios presentados en este escrito. Sin embargo, el que mira se convence de que lo que mira es la realidad; entonces, por ejemplo, si en muchos programas televisivos “nos dicen” que el matrimonio “ya fue”, o que todos los matrimonios culminan en un divorcio, el televidente acaba pensando de acuerdo a lo que escucha, convenciéndose de que su matrimonio necesariamente terminará en un divorcio, por lo que en su mente la idea de alcanzarlo queda seriamente erosionada. Este es sólo un ejemplo –entre muchos que podríamos citar– para mostrar cómo los medios nos roban aquello por lo que tanto nuestra sociedad lucha o dice luchar: su libertad.
Además, los medios nos alejan de nuestra realidad y de nuestro prójimo. Lo más real para cada uno de nosotros son nuestras circunstancias y nuestro prójimo más próximo (valga la redundancia), es decir, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros compañeros de estudio, etc. Pero lo medios nos alienan alejándonos de “lo nuestro”, de “nuestro mundo”, para que nos preocupemos pero no nos ocupemos de aquello que no tocamos. Así, poco a poco, se nos enfríe el alma. Y de esta manera nos escandalizan, por ejemplo, las inundaciones en otras provincias y la ineficiencia de nuestros gobernantes, responsables de dar una solución a aquellos desastres, pero nos olvidamos de “la poción de mundo” en la que nosotros podemos y debemos obrar.
Por último, los medios despiertan en nosotros tentaciones varias que podrían evitarse tan sólo con la eliminación de su uso. Nos sugieren la posesión desmedida de bienes, propician una atmósfera que facilita el consumismo, el individualismo, y pecados tales como la lujuria, la envidia, etc. Son tentaciones que naturalmente todo ser humano padece pero que los medios incrementan de manera desenfrenada.
Si hacemos uso de los instrumentos actuales para la comunicación, es deseable que sean realmente útiles para alcanzar su fin, y no que sirvan para destruirnos a nosotros mismos como personas humanas.

jueves, 2 de febrero de 2017

Liliana Franco: historia de la militante que ¿no fue? - A propósito del programa de "Intratables" y la polémica en torno a los dichos de Gómez Centurión

Liliana Franco:
historia de la militante que ¿no fue?
A propósito del programa de "Intratables" y la polémica
en torno a los dichos de Gómez Centurión

“En el contexto de la delincuencia ordinaria, los sistemas legales solamente se aplican a quienes han cometido un delito; en el contexto del terrorismo, el problema es que en muchas ocasiones la cuestión no es lo que haya hecho una persona, sino que se desplaza hacia una noción general de pertenencia, asociación o afiliación a un grupo”. John Horgan[1]


Por Fernando Stegmann

Suponga el Señor lector, por un momento, que su trabajo no es el que ejerce habitualmente sino que es un delincuente. De las distintas ramas que nos ofrece esta “lucrativa profesión” cada vez más común, nosotros nos dedicamos a la modalidad conocida como “salidera”. Leyó correctamente, dije nosotros y esto porque, para llevar el ilícito delante, se necesita más de una persona. Aquí entra en juego un factor no menor: la división de tareas. Uno se encargará de analizar la zona, otro conseguirá –de ser necesario– las armas, otro hará uso de estas, otro oficiará de campana y así podemos llegar hasta el infinito… o casi. Si bien la dificultad en el desempeño del rol elegido varía de un individuo a otro, el lector advertirá que todos son necesarios, desde el que oficia de campana hasta el que gatilla la escopeta.
Esto que parece obvio, no lo es para todos. En el programa Intratables –el pasado 31/01/17–, luego de que la Sra. Victoria Villarruel señalase con toda claridad a las organizaciones armadas como ERP y Montoneros como responsables de innumerables crímenes y atentados, Santiago del Moro le da la palabra a una de las panelistas, Liliana Franco, que responde inmediatamente lo siguiente:

“Yo no pertenecí nunca, lo aclaré más de una vez, Santiago, no me siento responsable, porque yo no pertenecí jamás a la conducción armada (…) era una joven de 20-19 años (…) militábamos en distintas agrupaciones. Yo militaba en lo que era la parte no armada, que se conoce como PRT, el Partido Revolucionario de los Trabajadores, pero jamás puse una bomba en ningún lado, jamás empuñé un arma, y lo digo porque sino no estaría acá, o estaría escribiendo quizás un libro si participé, pero objetivamente no fue así. Lo máximo que llegué a hacer, cuando conté lo de las bombas (…) yo quiero aclarar que las molotov que armábamos en un living de una casa era estrictamente porque cuando íbamos a pintar –esas eran mis acciones combativas: pintar mensajes en las paredes–, obviamente si venía la policía la forma era tirarle una bomba para poder correr, pero a los efectos de ahuyentar. Pero yo nunca participé en ninguna acción armada de ningún tipo”[2].

Señora Franco, Ud. no podía desentenderse de las acciones que llevaba delante el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) desde el momento en que Santucho, jefe del PRT –partido en el cual Ud. militó–, asume como su jefe máximo del Comité Militar en el año 1968. No puede decir que no participó de ninguna acción armada desde el momento en que reconoce expresamente la utilización de bombas molotov para “ahuyentar” a la policía. No puede hacerse la no involucrada dada su militancia activa en el brazo no armado de una organización armada, por más que su tarea no haya sido poner bombas, sino arrojarlas. ¿Piensa que la molotov no puede matar?
Señora, llame las cosas por su nombre: lo suyo no era “pintar paredes”, lo suyo era gimnasia revolucionaria.
Señora, Ud. es como el que oficia de campana en un robo o un secuestro, se cree inocente –o menos culpable– por no haber disparado la escopeta. ¿Adivine qué? No lo es. 
Señora, Ud. fue parte del terrorismo en la Argentina.



[1] Citado en Márquez, Nicolás. El Vietnam argentino. Buenos Aires, Edición del autor, 2008, pág. 104.
[2] Ver en línea: https://www.youtube.com/watch?v=SGIfxUw8bAg (minutos 5,45’ a 7,10’)

lunes, 16 de enero de 2017

¿Control de población en el Vaticano? Brevísima propuesta dirigida a Paul Ehrilch, líder mundial en antinatalidad y aborto

¿Control de población en el Vaticano? Brevísima propuesta dirigida a Paul Ehrilch, líder mundial en antinatalidad y aborto

Paul Ehrilch, líder mundial y padre (¿o digo madre, para no discriminar?) indiscutible de los movimientos en pro del control de la población, va a hablar en el Vaticano a fines de febrero y principios de marzo. Nos enteramos gracias al Blog InfoCatólica, dirigido por el R. P. José María Iraburu[1]. Gracias, Pater.
Pablito Ehrilch es conocido en todos lados por sus propuestas abortistas –con las cuales pretende reducir la cantidad de personas en el mundo para, así, final, feliz y heroicamente, “controlar” la población y “salvar al mundo”– y su invitación por parte de las autoridades eclesiásticas tiene la misma coherencia que tendría Al-Qaeda al frente de talleres por la paz, o Lázaro Báez como ejemplo en la virtud de la honestidad.
Desde la Argentina, donde sufrimos hace décadas una caída en la natalidad, nos animamos a hacerle llegar la siguiente propuesta.
Respetadísimo Paul Ehrilch, si tanto desea “salvar al mundo natural” por medio de abortos y esterilizaciones, le proponemos que primero y ante todo dé el ejemplo. Abandone la cobardía de actuar según ese “Animémonos y vayan”. No, que no vayan ellos. Vaya usted primero, ¡hombre! Haga lo siguiente. Compre un arma (dinero a Usted no le falta), cárguela (¿sabe hacerlo?), apunte su propia sien Y VUÉLESE LOS SESOS LIMPIAMENTE. Pero háganos el favor de no entrometerse en estos asuntos de “salvación” del mundo, hay un sólo Salvador. Y el Salvador no venía a hablar de “extinción biológica”, según sus propias palabras, sino de la vida eterna, la caridad, el amor, el bien, la verdad y la belleza.

«se podría tener bajo la actual Constitución leyes obligatorias de control de la población, incluidas leyes que requieren aborto obligatorio, si la crisis poblacional fuese suficientemente severa como para poner en peligro a la sociedad». Ehrilch sin filtro
«sería una buena idea dejar que la gente tuviera su elección para que pudieran tener menos hijos y pudieran tener lo que quisieran». Ehrilch sin filtro
«Puedes ser abortado como un concebido, puedes ser asesinado al nacer, o puedes ser vendido como esclavo y morir en un barrio pobre en algún lugar». Ehrilch sin filtro



[1] http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=28311

domingo, 15 de enero de 2017

“El libro negro de la Nueva Izquierda” (Laje–Márquez) Comentarios

“El libro negro de la Nueva Izquierda”
(Laje–Márquez) - Comentarios a cargo
de Juan Carlos Monedero (h)

              Cuando estas líneas estén en poder del lector, sepa que primero han sido leídas por los autores del libro reseñado, esto es, los Sres. Agustín Laje y Nicolás Márquez, a quienes fueron remitidas en primer lugar. La intención es la de que este gesto, propio de quienes debemos mantener un trato de caballeros, precediese a todo análisis discursivo.
            Se trata de un trabajo con notables virtudes, tanto en la parte escrita por Laje como en la de Márquez; virtudes y méritos que, en nuestra opinión, coexisten con lo que parecen ser errores graves de juicio y colisión directa con el Magisterio de la Iglesia, delicado punto que se aprecia en la posición favorable al liberalismo, admitida expresamente por los autores del libro.
            Empecemos con la enumeración de las virtudes. En la línea de los trabajos del Dr. Enrique Díaz Araujo, es evidente que El libro negro de la Nueva Izquierda no sólo contiene interesantes argumentos que rebaten algunos de los pilares de la ideología del género, el feminismo y el marxismo; también describe el derrotero vivido por los principales ideólogos de estas corrientes. El denominador común de sus vidas es la enfermedad, la adicción, la locura y la muerte. Así, por ejemplo, quedan debidamente señalados los padecimientos, vicios y conductas de los conocidos Reich, Marcuse y otros; también se menciona la prematura muerte de Foucault, fallecido a los 38 años a causa del VIH. A pesar de las iniciales apariencias, este recurso no puede considerarse un mero argumento ad hominem. No constituye un desvío el hecho de sacar a la luz los “trapitos” de la vida íntima de estos ideólogos, dado que estas revelaciones permiten apreciar una gran verdad: personas trastornadas generaron filosofías enfermizas, con la misma naturalidad con que el modo de ser de los efectos es indicativo del modo de ser de la causa.
            La segunda virtud del libro es hacer patente el vínculo entre ideología homosexualista y pedofilia, por lo general desconocido. En efecto, así como la revolución sexual de los 60’ –retratada en propuestas tales como “amor libre” y claramente ligada a la mentalidad anticonceptiva– fue sólo la punta de lanza del homosexualismo, parece que hoy en día, a caballo de la naturalización de la homosexualidad, la pedofilia no tardará en ingresar en el espectro público como objeto de discusión mediática. Los ideólogos citados por Agustín Laje y Nicolás Márquez no permiten engañarse: puesto que no existe ni puede existir una norma objetiva sobre la sexualidad, es evidente que no sólo las prácticas homosexuales son una opción válida. También lo son las relaciones carnales entre niños y adultos, como acertadamente documenta el libro. No será extraño que, en pocos años, panelistas televisivos hablen de ella siquiera como “posibilidad”. En Europa este tema ya está en discusión. Como se ve, esta cólera anti-tradición y, por lo mismo, anti-vida, mancilla la misma inocencia de los infantes. Y más aún: en el horizonte de estos ideólogos yacen –todavía ocultas al gran público– pretensiones de legitimar la zoofilia, el incesto y la necrofilia, y El libro negro de la Nueva Izquierda las destapa.
            En tercer lugar, a lo largo de estas páginas queda desplegada con toda claridad la presente estrategia de estos movimientos. En la actualidad, el punto de ignición lo constituye, sin dudas, la sexualidad. Si en el pasado la dialéctica marxista tomó como blancos privilegiados la historia, la economía y la política, hoy es la sexualidad humana la repetidamente atacada por este sofístico ariete. Se martilla una y otra vez sobre ella, promoviendo la coexistencia de formas antinaturales con la práctica normal de la sexualidad: “Nos da risa cuando vemos el cabreo que se han pillado los fachos porque les hemos reventado hasta hacerlos trizas su significante tan querido ‘matrimonio’. Yo los comprendo. Tienen toda la razón. Si dos lesbianas se pueden casar lo mismo que el hijo de la marquesa con la hija del empresario entonces es que el matrimonio ha dejado de tener significado, ya no tiene ningún sentido para los que lo inventaron” sostiene el desdichado Paco Vidarte, homosexual español. Otras citas –también extraídas de las publicaciones de ideólogos y activistas– son muy explícitas y eximen de todo comentario. Su nivel de frontalidad es de tal magnitud que seguramente muchos se verán conmovidos: son una auténtica escritura pornográfica, claro indicio de lo que –a la luz de la fe– podemos considerar como una influencia propiamente demoníaca. Se observa cómo la pretensión de posicionar la homosexualidad y otras desviaciones en la agenda pública es una clara maniobra subversiva, dado que el orden natural reclama la heterosexualidad. Los autores dejan muy claro que la práctica homosexual es concebida por estos propagandistas como una herramienta ideológico-política.
            En cuarto lugar, leyendo el libro se evidencia –y aquí arriesgamos una opinión propia, quizás no suscripta por sus autores– que la presente batalla cultural no es desplegada por intelectuales sinceros, cuyos principios estuviesen sostenidos honorablemente. ¿Cómo se llega a esta conclusión? Es evidente que una persona honesta estaría dispuesta a conceder a su adversario aquellos derechos y atribuciones que, en tanto persona, pretende para sí. Quienes arguyen con recta conciencia no sólo declaman respeto para sí mismos sino que, principalmente, lo brindan al prójimo. Asimismo, tienen cierto pudor por la contradicción y no habitan conscientemente en ella. Una vez más, todo lo contrario sucede con estos personajes: son auténticos saboteadores del sentido común, terroristas del alma, duros adjetivos ganados a fuerza de demostrar que no los detienen sus innumerables contradicciones e inconsistencias. Todo eso no tiene importancia alguna para ellos, que sólo tienen objetivos que cumplir. Su mensaje no pretende ni aspira al deleite de la mente, bañada por la luz de la verdad. Es pura praxis, y no logos.
            Salvadas las virtudes de El libro negro de la Nueva Izquierda, ¿qué observaciones críticas se pueden realizar?
            En primer lugar, una de las tesis de la obra es que el actual feminismo –difundido a través del lenguaje de género, propulsado por el uso del término femicidio y expandido gracias a consignas tales como Ni Una Menos– sería malo porque es de izquierda. El feminismo “de la primera ola”, valorado positivamente en este trabajo, se habría desvinculado de su fuente –el liberalismo, como lo explica Laje–, hallándose hoy en día bajo el secuestro del marxismo. De esta manera, el feminismo liberal es bueno mientras que el feminismo marxista es malo. La segunda observación no tiene menor importancia: puesto que las corrientes ideológicas criticadas duramente en el libro cuestionan el capitalismo liberal al mismo tiempo que arrojan dardos a la familia y al orden natural, los autores de la obra también rompen lanzas en su defensa. Entre otros argumentos, quedan enumeradas una serie de bondades propias de la tecnología, exhibidas como bondades del liberalismo.
            El Magisterio de la Iglesia ha condenado, sin embargo, la ideología liberal; condena que pesa y se extiende no sólo respecto del liberalismo filosófico sino también del político, el moral y el económico. Muy conocida entre nosotros es la obra del gran Félix Sardá y Salvany, titulada El liberalismo es pecado. Más cerca en el tiempo, el querido Padre Horacio Bojorge ha escrito El Liberalismo es la iniquidad, la rebelión contra Dios Padre. El recientemente fallecido Alberto Caturelli publicó en la Revista Gladius varios artículos en donde critica duramente al Liberalismo y, en particular, al Liberalismo Católico. Y son innumerables las leyes, tanto en la Argentina como en el resto del mundo, provenientes de la matriz ideológica liberal; leyes que propiciaron la desacralización, la mentalidad naturalista e incluso actitudes anticristianas. De ahí que, como adelantásemos al inicio de esta reseña, los juicios favorables de los autores del libro con respecto a esta ideología no pueden menos que entrar en contradicción con la doctrina católica. Por la misma razón, está ausente en el libro uno de los puntos capitales de la filosofía de la historia, ilustrado novelescamente por Dostoievski y enseñado repetidas veces por el R.P. Alfredo Sáenz: liberalismo y socialismo son dos caras de la misma moneda, hijos de la misma Revolución del 89’, ambas tenazas de la Masonería.

En ese sentido, es entendible desde lo humano pero no doctrinariamente justificable una actitud acrítica respecto del libro, reconociendo las legítimas virtudes del mismo, salvando las buenas intenciones de sus autores –como, con justicia, hemos intentado hacer– pero sin señalar limitaciones de la obra o incluso ciertos errores. La actitud que nos mueve al hacer una cosa pero también la otra no proviene de ninguna “pose” de supremacía intelectual. Simplemente, en atención a la notable difusión –justificada, nos parece, en atención a su calidad– que ha tenido esta obra, se pretende puntualizar ambos aspectos, y hasta por la misma caridad con los autores, a quienes en primer lugar se ha dado conocimiento de esta reseña. En ese sentido, creemos que es posible bautizar los importantes datos y análisis vertidos en este libro, tanto por parte de Agustín Laje como de Nicolás Márquez, separando los valiosos elementos que nos aportan –a fin de continuar librando, con más fuerza aún, esta batalla cultural– respecto de ciertos juicios que se encuentran salpicados de una visión benévola respecto del liberalismo y del capitalismo.